Mª José Serna

Mª José Serna
Mª José Serna. Psicóloga Albatera. MVL 686 544 714 (Ilustración Alexandre Jansson)

sábado, 28 de enero de 2017

¿QUÉ ES LA NECROFILIA?

¿QUÉ ES LA NECROFILIA?


Es un tipo de patología sexual que consiste en la excitación erótica causada por la contemplación, el contacto, la mutilación o la evocación mental de un cadáver. La necrofilia, término acuñado por el doctor Alexis Epaulard en 1901, es sádica cuando el afectado mata primero a la víctima para después violarla o sodomizarla. Algunos personajes históricos practicaron la necrofilia. 




El suceso de tintes bizarros que gira en torno a Carl Tanzler y sus retorcidas predilecciones en el amor y el cariño, parecen sacadas de una leyenda urbana, aunque en realidad esta historia es verídica. Dicho individuo se bautizó con numerosos nombres, aunque Conde Carl Von Cosel sería uno de los más conocidos, junto a Tanzler, por no hablar de su certificado de matrimonio alemán, donde firmó con el nombre de Georg Karl Tänzler.


Tanzler nació en 1877 en Dresden, Alemania y se mudó a Zephyryhills, Florida, en 1927. Pronto se sumaron su esposa y dos hijas. Allí, consiguió un trabajo como radiologista en el Hospital para Marines de Estados Unidos en Key West. Se contrató a Tanzler para atender la sección de enfermos de tuberculosis, que por aquel entonces era una enfermedad muy extendida y mortal. Por más que los doctores se empleasen en sus pacientes, la tuberculosis se cobraba muchas vidas en aquella década de 1930.


Muchos de los conocidos de Tanzler eran pacientes, y la mayoría sucumbían ante esta enfermedad. La carga emocional y mental que esto requiere, es difícil de entender para nosotros que no nos enfrentamos a la muerte a diario, pero para cualquier mente sana, esta desensibilización en la realidad de la mortalidad, supone una peligrosa mella.


En este punto, cabe destacar que Tanzler no era una de las personas más estables, siempre fabulando sobre nuevas técnicas y conocimientos médicos que nunca fueron refutados. Decía saber curar varias dolencias con técnicas no testadas y siempre mencionó sus títulos y cualificaciones que nunca pudieron ser demostrados. Al parecer, no disponía de ninguna formación de escuela médica alguna.




Estos delirios de grandeza, quedaban constatados cuando narraba que siendo tanto niño o adulto, fue visitado por el espíritu de un antiquísimo ancestro, la Condesa Anna Constantia Von Cosel, de la cuál Tanzel empezó a adoptar su nombre. Esta aparición, le enseñó visiones sobre una exótica belleza de negros cabellos que sería el amor de su vida.

Aunque estaba casado y con hijos, Tanzler creyó haber encontrado a su particular venus, cuando conoció a Maria Elena Milagro “Helen” de Hoyos en abril de 1930. Elena era una paciente de tuberculosis que contaba con 22 años y una gran belleza.

Tanzler se esmeró en sanar a Elena a toda costa, y su desesperada familia accedió a que la tratase con sus métodos poco ortodoxos, que no habían sido probados en nadie con anterioridad. Estos consistían, desde hierbas medicinales a tratamientos de rayos X.

De esta manera, Tanzler empezó a profesar un amor hacia Elena, a la cual agasajaba con regalos y atención, aunque sus remedios médicos no la rescataban de la enfermedad. Al parecer, la idea que tenía Tanzler, era que si salvaba a Elena de esta enfermedad fatal, no le quedaría más remedio que estar en deuda amorosa con él.

A pesar de sus obsesivos esfuerzos, Elena murió el 25 de Octubre de 1931. Tanzler temía que las aguas subterráneas contaminaran el cuerpo de la fallecida, por lo que construyó un mausoleo elevado del suelo donde descansaría el cuerpo en paz, con el permiso de la familia. Allí, comenzó a visitar a Elena, y su relación con ella avanzó a un estadio más macabro.




La familia de Elena, había confiado en él la vida de su hija, y conociendo lo mucho que hizo por ella, no sospecharon nada de sus visitas a la tumba. Lo que no sabían en ese momento, es que Tanzler se había embarcado en una carrera contra la descomposición del cuerpo de Elena, intentando mantener el cadáver en un estado de éxtasis. Preservó el cuerpo con formaldehido e intentó otras dudosas técnicas como aplicarle electricidad con un cañón tesla o ungüentos de partículas de oro.

Durante los siguientes dos años, se sentaba junto a Elena la mayoría de noches, manteniendo largas conversaciones con su cadáver. Incluso llegó a instalar un teléfono para poder comunicarse con ella aunque no estuviera presente allí. Tanzler manifestó que el fantasma de Elena le visitaba de forma regular, pidiéndole que retirase el cuerpo de su tumba.

Eso es lo que hizo en 1933, robando el cuerpo de Elena del mausoleo y llevándola a su casa. En este punto, Elena llevaba muerta dos años, y Tanzler luchaba incesantemente para preservar su cuerpo. Usaba toda clase de preservantes para detener la descomposición, y aplicaba botella tras botella de perfumes para compensar el hedor que desprendía su marchito cuerpo.

Nada parecía funcionar, y el cuerpo de Elena Hoyos continuó pudriéndose. A pesar de eso, intentó siempre que ambos permanecieran juntos, simulando vivir una feliz relación. Para ello, incluso tocaba canciones en el órgano para ella, instrumento en el que Tanzler era experto.

Mientras el proceso de descomposición continuaba, sus métodos se fueron extremando. Usó cuerdas de piano para mantener sus huesos juntos, en un bizarro intento de conservar su esqueleto formado. Cuando sus ojos se pudrieron, los sustituyó por unas réplicas de cristal. Su piel podrida pronto fue cayendo, y mientras lo hacía, Tanzler fue reemplazándola con una extraña composición que había creado, mezclando terciopelo, cera y yeso.

En cada paso natural de la descomposición, Tanzler intentó congelar a Elena en el tiempo, y con cada uno de estos pasos, ella era menos ese cuerpo al que había amado. Pronto se convirtió en una muñeca mórbida, una triste caricatura de la Elena Hoyos viviente. Su cuerpo se desmoronaba a la vez que sus órganos se descomponían, y Tanzler llenó su estómago y pecho con trapos con la esperanza de conservar su forma.

Carl Tanzler Elena Hoyos maniqui

El pelo fue cayendo, y usó esos mismos cabellos para fabricar una peluca con la que vestir su cada vez más calva cabeza. Algunas versiones, alegan que instaló un tubo que actuaba como una falsa vagina con la que realizar el acto sexual, pero estas evidencias no fueron registradas en los primeros informes cuando el caso salió a la luz. Este hecho fue “recordado” por dos científicos presentes en la autopsia de 1940 cuando pasaron 30 años del incidente.

En 1940, nueve años después de la muerte de Elena, su hermana oyó rumores acerca de las acciones de Tanzler y fue a visitarle. En su casa, encontró el cuerpo, vestido con las ropas de Elena. Tanzler fue arrestado y se le sometió a un examen psiquiátrico. Se le encontró capaz de enfrentarse a un juicio con el cargo de haber “destruido una tumba y haber profanado el cuerpo sin autorización de forma malintencionada”. Aun así, el estatuto de limitaciones para los crímenes contra tumbas, había expirado en su caso, por lo que nunca fue castigado. Esto choca con una noticia que he encontrado sobre una fianza pagada para liberarlo. El caso es que no fue preso.


Esta terrible y extraña historia fue cubierta por los medios, pero la opinión pública, sorprendentemente, se decantó a favor de Tanzler. Mucha gente lo consideró un romántico excéntrico, que quizás se había equivocado, pero nunca con mala intención. El cuerpo de Elena Hoyos fue examinado por médicos y patólogos, y fue mostrado a un público de miles de personas. Tras esto, su cuerpo se enterró en una localización secreta, donde permanece aun actualmente.


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Tanzler escribió una autobiografía pasados unos años, que apareció en la revista de fantasía y ciencia ficción, “Aventuras fantásticas”, en 1947. Pero esto no se trataba de algo ficticio, y la historia continuó. Aunque Tanzler había perdido el cuerpo de Elena, su obsesión no menguó.

Usó una mascarilla para crear una efigie, vistiéndola como Elena. De alguna manera, la grotesca transformación de una bella mujer a una muñeca perturbadora, había terminado. No había duda de que Elena Hoyos, su querida compañera en vida, inhabitante del cuerpo artificial, era más importante para Tanzler que la Elena real, una bella mujer que nunca estuvo enamorada de él al principio. Vivió de sus recuerdos con esta efigie el resto de su vida.

Tanzler murió el 13 de Agosto de 1952 en su casa. Una versión cuenta que murió con la efigie de Elena en sus brazos, aunque su obituario declara que fue encontrado muerto, desvanecido tras uno de sus órganos.

La historia es impactante, sí, pero se ha discutido que sería fácil tildar a Tanzler de lunático. A su modo, permaneció fiel a quien amaba, aunque su visión de la realidad fuese una ilusión deformada. Nos produce curiosidad, y luego nos disgusta por lo que hizo. ¿Podemos llegar a sentir algo de lástima por él, un hombre que no pudo soportar vivir en un mundo aparte de la mujer que no podía perder? Quizás la historia sea tan macabra que nos cueste verla desde un punto de vista romántico

viernes, 14 de octubre de 2016

El misterio del bostezo

El misterio del bostezo

El bostezo es una reacción involuntaria de muchos animales que aún no tiene una explicación científica definitiva. Los especialistas estiman que su causa principal está relacionada con la necesidad de enfriar el cerebro para que funcione mejor, pero prosiguen sus experimentos para encontrar una razón específica de su origen y el misterioso efecto contagioso que posee.Resultado de imagen de bostezo
Unos científicos del departamento de Psicología de la Universidad Estatal de Nueva York (Estados Unidos) han analizado a 29 especies de mamíferos y han encontrado una relación entre la duración del bostezo, el peso del cerebro de los animales y la cantidad de neuronas que poseen en su corteza cerebral, según indica un artículo que han publicado en la revista especializada'Biology Letters
Los bostezos del ser humano, que posee alrededor de 12.000 millones de neuronas corticales, duran algo más de seis segundos, un tiempo similar al que emplean los elefantes africanos, que poseen un cerebro similar.
En general, los primates presentan una mayor duración promedio de su bostezo respecto a otros mamíferos, debido a que sus cerebros tienen un tamaño mayor que el de otros animales.
Por su parte, los mamíferos que poseen esta masa de tejido nervioso más pequeña también 'se desperezan' con más rapidez. Como ejemplo, el bostezo del ratón ronda un segundo, mientras que los perros y los gatos emplean menos de tres segundos y, los caballos, menos de cuatro.
De esta manera, los resultados del estudio apoyan la teoría de que esta acción sirve para enfriar el cerebro a partir de la circulación de la sangre en las cavidades intracraneales.

domingo, 11 de septiembre de 2016

LA RISA DE LAS RATAS

                                        LA RISA DE LAS RATAS                                                  



La he vuelto a ver por casualidad, buscando otra cosa, en un viejo libro sobre los fotógrafos de Life. Y fíjense. Tengo mi propio álbum de fotos infames: fotos que a veces hasta son de verdad, que hice yo mismo. Y resulta que una imagen que conozco desde niño, tomada por otro en una guerra que ni siquiera viví, sigue impresionándome. A lo mejor es bueno que así sea, y el día en que esa foto deje de afectarme estaré encallecido más de la cuenta. Yo qué sé. Lo cierto es que hay imágenes que simbolizan cosas, y ésta retrata uno de los aspectos más viles de la condición humana. La tomó Robert Capa en Chartres, julio de 1944, cuando la ciudad fue liberada de los alemanes. En el centro de la imagen camina una mujer joven con el pelo recién rapado, vestida con una bata y con un niño de pocas semanas en brazos. Ella es francesa, y el bebé, hijo de un soldado alemán. La lleva detenida un gendarme. Pero lo peor no es esa escena, sino la muchedumbre que camina alrededor: señoras de aspecto respetable, hombres que podrían ser considerados caballeros, niños, curiosos que miran o engrosan el tumulto. Y todos, absolutamente todos, ríen y se burlan de la joven que aprieta al niño contra su pecho y lo mira muda de vergüenza y de miedo. Debe de haber un centenar de rostros en la foto, y ninguno muestra compasión, pesar o disgusto por lo que sucede ante sus ojos. Ni uno.

Cada cual tiene sus ideas sobre la gente. En lo que a mí se refiere, con los años he llegado a la conclusión de que lo peor del hombre no es su crueldad, su violencia, su ambición o los otros impulsos que lo mueven. Siendo todo eso tan malo como es, cuando miras de cerca y le das vueltas y te mojas donde te tienes que mojar, siempre terminas encontrando motivos, cadenas de causas y efectos que, sin justificar en absoluto tal o cual hecho, a veces al menos lo explican, que ya es algo. Pero hay una infamia a la que no consigo encontrarle el mecanismo, y tal vez por eso me parece la peor de todas; la más injustificable expresión de la mucha vileza que alberga el ser humano. Hablo de la falta de caridad. De la ausencia de compasión del verdugo -y el verdugo es la parte fácil del asunto- hacia la víctima. Hablo del ensañamiento, la humillación, la burla despiadada. Y eso, que ya es muy bellaco cuando corresponde al individuo con nombre y apellidos, se vuelve todavía más nauseabundo cuando adopta la forma popular. Me refiero a las Fuenteovejunas en su aspecto miserable; a la gente que pretende demostrar públicamente su adhesión o rechazo a tal o cual causa -cuando esa causa está indefensa y triunfa la opción opuesta, naturalmente- prestando su celo y su presencia y su risa al linchamiento fácil, sin riesgos. Los mirones que jalean y se descojonan del caído, y de esta forma pretenden avalarse, disimular, borrar sus propias claudicaciones y su propia vergüenza. Porque -y esa es otra- observando la foto de Robert Capa uno se pregunta cuántas de las honradas mujeres que ríen escoltando a la joven rapada y a su hijo no agacharon la cabeza ante soldados alemanes con los que se habrían acostado tal vez, si hubieran podido, a cambio de comida o de privilegios. Cuántos hombres no les cedieron el paso en la acera o la silla en el despacho, o les lamieron las botas, o pusieron sus niñas a tiro cuando los otros eran vencedores, y pretenden ahora, en el escarnio fácil de esa pobre mujer y de su hijo, lavar su cobardía y su vergüenza.

Los he visto a todos ellos muchas veces en demasiados sitios. Los veo todavía, no hay que ir a guerras lejanas para topárselos. Los veo aquí mismo, en las historias de la guerra civil que contaban mis abuelos o en la memoria de mi amigo el pintor Pepe Díaz, en cuyo pueblo fusilaron a su padre por rojo en el año 39, y a su madre la obligaron a barrer las calles después de raparle la cabeza; y Pepe, que es un buenazo, ha dejado que le pongan ahora su nombre a una calle, en vez de pegarle fuego al puto pueblo hasta los cimientos, como habrían -habríamos- hecho otros. Sigo viendo a los de la tijera de rapar y la risa por todas partes, oportunistas, viles, esperando la ocasión de acompañar el cortejo con una carcajada grande y estruendosa, propia de buenos ciudadanos libres de toda sospecha. Porque todos esos canallas que se ríen de la pobre mujer de la foto siguen entre nosotros. Algunos de verdad, físicamente, venerables ancianitos respetados por sus nietos y sus vecinos, supongo. Otros sólo aguardan una oportunidad: son los cobardes, que miran hacia otro lado y agachan la cabeza cuando el soldado alemán, o el heroico gudari, o el político de turno, o el jefe de personal, o el vecino del tercero izquierda, les escupe en la cara. Y sólo cuando éste se declare vencido, o lo maten, o pierda poder, o se vaya, saldrán del agujero para buscar a su mujer y su hijo, arrastrarlos por las calles y salir riéndose en la foto.

 Arturo Pérez-Reverte 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Consejo de Gurdjieff ante los insultos

Consejo de Gurdjieff ante los insultos
Cuando Gurdjieff tenia nueve años… se acercó para escuchar a su anciano padre que le dijo: Es una cosa muy simple: si alguien te insulta, escucha en silencio, atentamente, con detalle, lo que te esté diciendo, las implicaciones. Y luego dile a esa persona: ” te agradezco que te hayas tomado tanto interés por mí. Dentro de 24 horas vendré y te contestaré. Tengo que hacerlo así, pués es una promesa que le hice a mi padre en su lecho de muerte”. Y cuando Gurdjieff era anciano le dijo a sus dicípulos: Este simple principio me ayudó inmensamente, porque ¿quién sigue enfadado después de 24 horas? Después de haberlo considerado durante 24 horas, o te das cuenta de que… o bien está en lo cierto, y si está en lo cierto no hay de qué preocuparse, lo mejor es que tú cambies, o bien está equivocado. En cuyo caso tampoco hay ninguna razón para preocuparse. El problema es suyo, no tuyo. Un hombre que está completamente despierto permanece inmaculado haga lo que haga, porque será una respuesta. Será un puro reflejo del espejo, sin juicios..

viernes, 5 de agosto de 2016

METÁFORA SOBRE REFUERZO INADECUADO DE LA CONDUCTA



Un pescador dominguero estaba mirando por la borda de su barca, y vio a una serpiente que llevaba una rana entre los colmillos. Al pescador le dio pena la rana y alargó la mano, libró a la rana de las mandíbulas de la serpiente sin hacerle daño a esta, y la dejó en libertad. Pero entonces le dio lástima la serpiente, que también tendría hambre, y como no llevaba nada de comer, sacó una botella de aguardiente y derramó unas gotas en la boca del reptil. Este se largó muy satisfecho, y la rana se perdió muy contenta entre los tules de las orillas. Por supuesto que el pescador se sintió sumamente satisfecho con su buena obra.

Pero al rato, cuando más tranquilo estaba, oyó golpes en el costado de su barca y se asomó otra vez a mirar, y cuál no sería su asombro al ver que era la misma serpiente… que esta vez regresaba con dos ranas en sus mandíbulas.

miércoles, 27 de julio de 2016

EL CONTROL FÍSICO DE LA MENTE Y RODRIGUEZ DELGADO

José Manuel Rodríguez Delgado, uno de los más brillantes neurofisiólogos del siglo XX, falleció en San Diego (California) hace mes y medio. Estuvo propuesto para el Premio Nobel en varias ocasiones. En la década de los 70 escribió un libro sobre el control de la mente mediante electrodos, motivo de controversias en la literatura científica y en la prensa norteamericana. Nació Rodríguez Delgado en Ronda, en 1915. Estudió Medicina y colaboró con Severo Ochoa en sus primeros trabajos de investigación. Fue becario de John Fulton, uno de los más prestigiosos investigadores de la fisiología de sistema nervioso en la Universidad de Yale, y ocupó luego la cátedra de neurofisiología en tan prestigiosa universidad durante 22 años.
Influido por los trabajos del suizo Rudolph Hess, comenzó a colocar electrodos en distintos puntos del cerebro. Dichos electrodos se conectaban a un pequeño dispositivo que se instalaba debajo del cuero cabelludo, para evitar infecciones y para que el animal o la persona gozaran de libertad. El dispositivo podía recibir estímulos a distancia, como los niños manejan los coches de juguete.
Su figura trascendió al gran público cuando aparecieron las fotos de un toro en plena embestida, que se paraba al estimular un electrodo que llevaba implantado en el núcleo caudado, una estructura profunda del cerebro. La escena se grabó en la plaza de toros de una ganadería de Córdoba y se publicó en los principales medios estadounidenses.
Sin embargo, los estudios principales los realizó en monos. Un macho dominante y agresivo se calmaba y se mostraba sumiso cuando se estimulaba uno de los electrodos intracerebrales. Una hembra, que estaba aterrorizada por las agresiones del macho abusón, descubrió que, si se apretaba una tecla dentro de la jaula, el mono se volvía sumiso y tranquilo; la hembra pulsaba esa tecla, tan pronto aparecía la agresividad, y volvía la calma. Según la zona estimulada, los monos podían transformarse en mansos y dóciles o bien en violentos y ofensivos. Una rata pulsaba continuamente una palanca conectada a un electrodo cuyo extremo estaba situado en el septum, una estructura de la parte media del cerebro. Esta estructura se relacionó con la percepción de placer, dada su obstinación en estimular solo esa zona cerebral. En el cerebro animal se descubrían zonas de agresividad, de mansedumbre y de placer, entre otras percepciones.
Su empeño fue evitar lesiones definitivas del tejido cerebral, en una época en la cual las leucotomías estaban a la orden del día. Lo sustituía por la estimulación de esos centros, que interrumpía su función, sin producir lesiones irreversibles. Así conseguía controlar diversas alteraciones patológicas de la conducta, tales como obsesiones, agresividad y depresiones graves, que no respondían a otros tratamientos.
¿Se puede controlar el cerebro a distancia? En el libro 'Violencia y cerebro', cuyos autores eran un neurocirujano y un psiquiatra de Harvard, con quienes había colaborado en su día Rodríguez Delgado, se sugería que los graves disturbios producidos en algunas ciudades americanas podían estar protagonizados siempre por los mismos individuos, responsables directos de los incendios y robos. Suponían que tales conductas podían deberse a focos irritativos del cerebro y que estos cuadros de violencia podrían tratarse como si fuera un foco epiléptico. (Era conocido que la estimulación de la amígdala cerebral en algunas personas provocaba crisis de violencia, que desaparecían al cesar la estimulación). Esta sugerencia despertó una corriente adversa, por el temor de que el 'Gran Hermano' dispusiera de un medio para calmar cualquier indicio de rebeldía de un sector de la población para esclavizarla. Los soldados también podían ser instruidos para el ataque temerario. La novela y el cine no fueron ajenos a este estado de opinión; recordemos 'El candidato manchuriano' o 'El mensajero del miedo', en versión española.
A principios de los años 70, el perspicaz e inteligente Villar Palasí, por entonces ministro de Educación, ofreció algunas cátedras a prestigiosos científicos españoles que trabajaban en el extranjero, entre ellos a Blas Cabrera y a J.M. Rodríguez Delgado, para que se incorporaran a la Universidad Autónoma de Madrid. Rodríguez Delgado vino al Hospital Ramón y Cajal, como director del Instituto de Neurofisiología. En esta fase dedicó su atención preferente a trabajar con otras técnicas menos agresivas, como la estimulación magnética transcraneal. Podía inducir somnolencia o estado de vigilia en pacientes voluntarios, entre ellos el propio Rodríguez Delgado y su hija Linda, y en pacientes con temblor, por medio de un casco que emitía pulsos electromagnéticos.
Hoy día se utilizan estimuladores cerebrales en la enfermedad de Parkinson y en procesos con movimientos involuntarios, en ciertas alteraciones psiquiátricas y en el dolor crónico. Con cierta frecuencia se estimula el nervio vago, en su paso por el cuello, en algunas epilepsias que no responden a la medicación. Algunos grupos trabajan en recoger las ondas cerebrales que se producen cuando el mono 'piensa' en mover un miembro y trasladar dichas ondas a un ordenador, conectado a un robot, cuyo brazo o pierna mecánica pueda llevar a cabo lo que ordenan dichas ondas 'pensadas' por el cerebro del mono, transmitidas por un cable, o sin cable, al propio autómata.
Rodríguez Delgado fue un innovador de los implantes cerebrales, tanto eléctricos como químicos. Huyó de las lesiones definitivas, como antes se ha dicho, y buscó lo menos invasivo, para modificar estados patológicos. Ha sido uno de los mayores innovadores en las ciencias neurológicas en la segunda mitad del siglo pasado. Sus compañeros le llamaban 'el brujo'. Fue distinguido con muchos honores durante su vida. Ha querido que sus restos descansaran junto a los de su madre, en Salamanca. Las personas vinculadas a las neurociencias no pueden olvidar su trayectoria a lo largo de muchos años.

La Verdad

sábado, 23 de julio de 2016

Karl Deisseroth, neurólogo, psiquiatra; fue niño prodigio; pionero de la optogenética

Karl Deisseroth

El bisturí más preciso en un 
cerebro sigue siendo la palabra. 





El inventor de la optogenética es uno de los científicos que más saben sobre conexiones neuronales, pero cuando intento averiguar cómo desconecta de su laboratorio, responde con otra pregunta: “¿Desconectar para qué?”. Sería una respuesta de trabajo adicto convencional, como la de otro entrevistado que sentenció que las vacaciones sólo son para funcionarios y empleados y que él era un creador; pero Deisseroth no se apoya en sus prejuicios, sino en sus hallazgos: al conectar y desconectar –argumenta– gastamos más energía que estando siempre en línea con nuestros objetivos. Por eso, es mejor descansar pensando en los mismos problemas, pero de un modo diferente: él escribe novelas de neurociencia.

He visto cómo hace que el ratón vaya de izquierda a derecha con impulsos optogenéticos.
No sólo podemos hacer que un ratón actúe, sino también ver en tiempo real cómo, gracias a la optogenética y a nuestro método Clarity, su cerebro en acción, sus redes neuronales, responde a cada impulso.
Es fascinante ver cómo lo manipulan.
Antes la resonancia magnética o las tomografías sólo permitían observar al cerebro: ahora también podemos actuar sobre él. Y una red de laboratorios ya trabaja en transformar este progreso de investigación básica en terapias y farmacología.
¿Alguna que ya sea realidad?
Un equipo italiano ha logrado desconectar los circuitos de adicción a la heroína en ratones aplicando estímulos electromagnéticos en un área específica del córtex frontal.
¿Localizan conexiones neuronales que generan respuestas y las desconectan?
El método es detectar dónde está la conexión que causa determinado efecto y tratar de actuar sobre ella.
¿Usted mueve al ratón con disparospor un cable insertado en su cerebro?
Sólo iluminamos las células del cerebro y las redes en las que nos interesa actuar y luego podemos intervenir sobre ellas.
¿Actúa como un interruptor?
Porque es luz. Las neuronas son sensibles a la electricidad, pero no a la luz. Y, para lograr iluminarlas, tomamos una proteína del gen de un alga unicelular fotosensible y la introducimos en las células del cerebro del mamífero...
Y es como si las encendieran.
...Pero sólo las redes y las áreas que nos interesan. Y así hoy podemos estudiarlas, estimularlas y modificarlas.
Una revolución en neurociencia.
Ahora estudiamos la conducta y su relación con las emociones: el miedo, la memoria, las interacciones sociales...
Por ejemplo.
Estamos investigando la ansiedad y observando las conexiones del córtex frontal con las de capas más profundas del cerebro...
¿Dónde está la ansiedad?
Sin emoción no hay memoria. Y el miedo es una emoción muy profunda y primigenia que ya permitió sobrevivir a nuestros más remotos antecesores en la evolución.
¿Ven ustedes las conexiones de la ansiedad y la memoria?
Son conexiones, y tal vez si las apagamos o modulamos regularemos la ansiedad.
¿Podría llegar también a curar enfermedades neurodegenerativas?
Hay muchos equipos trabajando ya en esa área: localizar el punto, la red, la conexión que genera una conducta o un proceso indeseable y actuar sobre él. Pero yo sigo investigando el funcionamiento del cerebro en conjunto, y es una tarea que ocupará el resto de mi vida y ocuparía otras muchas vidas.
¿Ustedes pueden ver en tiempo real cómo un ratón se acongoja?
Lo que sabíamos es que la ansiedad es una respuesta adaptativa a los riesgos del medio. Anticipa un ataque, por ejemplo, y a veces esa anticipación salva a quien la tiene.
Y otras se sufre sin motivo.
En la ansiedad hay, por tanto, miedo incontrolable y lo que funcionaba para tratarla hasta ahora era la terapia cognitiva: usar las palabras para ayudar al ansioso a imponer el razonamiento sobre la emoción.
El raciocinio.
De algún modo es ayudar al ansioso a imponer el córtex frontal sobre el miedo que procede del cerebro profundo en la amígdala.
El que ya tenían los reptiles.
Pues bien, hoy con la optogenética nosotros podemos ver esas conexiones. Ahora el siguiente paso es intervenir en ese punto.
¿Pasar de la palabra a la electricidad?
Pero, por ahora, el bisturí más preciso en el cerebro humano sigue siendo la palabra. Nosotros ahora podemos llegar a ver cómo actúa sobre el cerebro y lo modifica.
He leído que usted fue un niño superdotado: ¿le queda algo de aquel don?
Digamos que tenía cierta facilidad para memorizar y entender las palabras.
Libros enteros en muy poco tiempo.
Bueno, sí. Hay quien lee por líneas y yo digamos que leía en bloque.
¿Escribe usted para divertirse?
Escribo novelas. Son estimulantes.
¿Cómo le estimulan?
Pues el escritor es como el buen lector: siente placer al reencontrarse con alguna palabra, parecido al que experimentas al volver a ver a un viejo amigo.
¿Se reconocen la palabra y usted?
Una palabra no es sólo la idea: es el sonido y la resonancia que adquiere ese sonido en tu mente al pronunciarla y todo cuanto evoca en ella. Es como si, al emerger de tu memoria, esa palabra arrastrara también con ella fragmentos de tu vida y de la de los demás. De algún modo vuelves a vivirlos.
¿Ese mecanismo de la escritura lo puede ver ahora en su propio cerebro?
De momento, pienso seguir escribiendo. No deja de ser otro modo de practicar neurociencia y también es divertido.
La Vanguardia